viernes, 31 de diciembre de 2010

FELIZ AÑO NUEVO


Parece mentira, pero un año más ha pasado frente a nosotros. Habrá sido fugaz para algunos,indiferente y puede que largo y tedioso para otros.
Lo que si es seguro, por lo menos para mi, ha sido enriquecedor.
De este pasado, poco se puede ya pedir pues se acaba sin remedio, así que para el que viene si que pido que sea como mínimo como este.
Y lo hago extensible a vosotros, que habéis estado aquí acompañando a este amante de la literatura, a la que intento meter mano de vez en cuando, y como tal hay veces que se deja y otras me da un guantazo, pero la mayor de las veces lo paso estupendamente.

Gracias por vuestras aportaciones, pues me ayudan mucho a comprender.
Feliz año a todos y gracias por vuestras visitas, ojala sigáis ahí mucho tiempo compartiendo conmigo vuestras opiniones y vuestros textos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN


CAPITULO 38: FUERTE IMPRESIÓN.

Ciertamente, entre por aquella puerta arrepentido de haber sucumbido a la insistente cantinela de aquella chica. Estaba claro que no merecía ni agua, no solo me había insultado a grito pelado, si no que me resultaba de lo más ordinaria.
Al entrar, un poco a mi pesar, me vi en la obligación de retirarle el abrigo que cubría unos brazos que habían desnudado un traje de fiesta verde intenso, y que mostraban un escote y un juego de caderas que debo resaltar.
Lo dejé en el guarda-ropa, y juntos nos acercamos a un rincón de una barra con una decoración excesivamente navideña para mi gusto.
Tras pensarme mucho lo que quería beber, puesto que no me apetecía nada, decidí que era momento de evitar que aquello pareciera un secuestro, y borrar en la medida de lo posible, aquella apariencia de esquivo un poco ridícula. Además, porque aquella chica en todo momento trataba de agradarme, no se parecía en nada a aquella fiera de la despedida de soltera.
-Por cierto, me llamo Cristina-Dijo sonriendo después de haber reiterado su agradecimiento por la ayuda que le había prestado.
-No hay de que- Le respondí sin saber muy bien que añadir. Si ella hubiera imaginado las ganas de estrangularla que tenía cuando salto por la vía de tarifa con aquellos chicos, no estaría tan agradecida.
-Se que metí la pata aquella noche- Continúo con voz grave.-Mi hermana me contó que estabais siendo muy simpáticos con ella. De verdad, que os estuve buscando luego para disculparme, pero no os encontré.
Ahora comenzaba a gustarme la conversación. Mi orgullo se sentía más reparado que incluso cuando la mandé “al carajo” en el gimnasio.
-Se que algunas veces me dejo dominar por el genio, y así me va…- Continúo. Ahora si quise clavar mis ojos en ella, buscando regodearme en una tonta venganza. En realidad, tan tonta como absurda.-Entendí perfectamente tu reacción en el gimnasio, me lo merecía. Lo siento.
-Casi estropeaste aquella noche-Continué solemnemente, pero me quedé sin palabras cuando de aquellos brillantes ojos marinos comenzaron a resbalar unas pequeñas pero rápidas gotas que cayeron mejillas abajo mientras agachaba su cabeza.
-Oye, que no es para tanto- Le dije levantando levemente su cabeza.-Todo esto es una tontería, ya está todo aclarado y no hay nada que perdonar-Continué cortando el paso a una de esas lágrimas que resbalaban tibias por aquella carita triste.
Ahora el que me sentía mal era yo por haber llevado en extremo el enfado. Así que la ayudé a sentarse en un taburete alto y con la promesa de ambos de no hablar más del asunto, seguimos bebiendo y charlando de todo lo que se nos ocurría.
Esos rizos dorados me parecieron los de la hermana, aunque de distinto color. Quizás la veía más guapa. No sé porqué, pero ahora que comenzaba a conocerla, percibí una amabilidad en sus facciones, y bastante sencillez en sus palabras.
Lástima que nos dejemos a veces llevar por los malentendidos. Incluso me extrañó cuando me aseguro que no tenía novio. Quizás un par de horas antes no me hubiera ocurrido.
El ambiente no podía ser más sosegado, parejas y grupos de parejas se relacionaban sin estridencias, solo charlando y algunos bailando en sus rincones.
Se pasaron las horas volando y en vista de que mi noche de año nuevo habría acabado mucho antes, me sentí feliz por el logro de empezar haciendo algo nuevo, imprevisto, y en vista de cómo pudo acabar la defensa de la dama en apuros, arriesgado.
Cristina confesó, que quizás había confundido un poco el lugar donde sus amigas la esperaban, y que en vez de solucionarlo, se ofuscó en uno de sus terribles accesos de rabia, y echó a andar sin pensar en nada más que en” echarles mano al pescuezo”.
Todo aquello me pareció, quizás un giro del destino, que nos sacaba de nuestras dimensiones y nos unía en otra totalmente distinta.
Ya empezaba a estar un poco animado por el alcohol, me sentía muy bien con aquella bella neo-conocida, y encantado con la situación, cuando decidí aliviar la vejiga.
Baje del taburete con sumo cuidado, pues no quería empezar el año teatralmente, con una caída, y es que el condenado era bastante alto.
Una vez coordinados unos pasos tras otros, todo fue caminar seguro hasta el servicio que estaba al fondo del local, por un camino visible pero no marcado que se abría frente a mí.
De repente, todo se paró en una pausa de video VHS, con vetas de colores superpuestos como si el mencionado, tuviera solo un cabezal en vez de cuatro.
Unos cuantos metros frente a mí, con una bebida en la mano y un traje de fiesta color morado brillante que conocía muy bien y zapatos de tacón negro estaba Susana. Quieta, tan sorprendida por la situación como yo. Con un gesto triste en la cara y un aire de no saber qué hacer los próximos segundos.
Pese a ser solo unos instantes, en mi mente se agolparon los sentimientos. Las situaciones y las emociones. Me encontré en un punto en que no sabía si echar a correr o ir a felicitarle el año nuevo como si nada hubiera pasado.
Pero opté por lo primero, puesto que dos lágrimas me borraron su visión, reduciéndola a una silueta frente a mí.
Torcí hacia la puerta del local, dejándolo todo abandonado, perdiendo de nuevo el orgullo y huyendo hacia la cárcel, tal y como haría un preso absurdo.
Corrí hasta la casa, dándome los golpes que quizás me iban a dar aquellos macarras de antes y llorando como un niño. De nuevo perdido como el día de un año que paso.

lunes, 6 de diciembre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN


CAPITULO 37: ¡HOSTIAS PEDRIN!

Acabada la cena, baje parsimonioso las escaleras del viejo edificio que fue mi hogar, impertérrito templo dedicado a los días pasados, a añoranzas futuras, a cosas que estaban por llegar. Esas mismas acciones lo transformaron poco a poco una vez se fueron cumpliendo, en reliquia del pasado, a la que mirar con alegría.
Valeria se quedaba a dormir allí aquella noche, por lo que nos echo casi a patadas para que no perdiéramos tiempo en recoger nada. Como siempre, se encargaría ella.
Mis hermanos corrieron a felicitar el año nuevo a sus suegros, alentados por la prisa lógica de sus parejas. Solo yo me despedí con tranquilidad, desposeído de esa obligación.
En la calle se movían grupos dispersos camino de sus fiestas o cotillones, algunos con gorros y matasuegras. Todos felices e incluso algunos bastante cargados pese a estar en los inicios de la fiesta.
No tenía nada preparado aquella noche pese a que tuve muchos ofrecimientos de fiestas privadas, cotillones e incluso una especie de guateque, pero decidí que quizás lo mejor era comenzar el año tranquilamente. Que una buena ración de cama era la pastilla que necesitaba aquel ataque de soledad que padecía.
Por lo que decidí dar un paseo hasta mi casa, era un tanto largo, pero tampoco tenía nada mejor que hacer. Me ajusté la bufanda y con mis manos hundidas en los bolsillos, inicié una caminata sin más compañía que el vaho que salía de mi helada nariz.
Se cruzaron conmigo muchos grupos distintos de gente, pero me traían tan sin cuidado sus alegres jolgorios, como sin duda a ellos mi solitario caminar.
De repente un hecho llamó mi atención. Justo delante de mí, una chica pasó rápida, con su cabeza mirando al suelo. Tras de ella venían cuatro chicos lanzándole piropos de esos que se escapan en la seguridad de una multitudinaria compañía y con cuatro copas de más.
Ella no quería volver su vista para no provocarlos más, y ellos seguían tras ella pero sin correr pese a lo rápido que movía sus piernas la chica. Tornando sus descarados e insustanciales piropos en frases insultantes y de mal gusto.
Sopesé un trecho la situación, y aunque soy enemigo de meterme en berenjenales, y mucho menos de que me den dos hostias, decidí que no podía dejarla en aquel apuro.
Apreté el paso, y buscando en mi mente algún nombre que le viniera bien a aquella chica, adelanté casi a la carrera a aquellos cuatro, que por arte de encantamiento, al pasar cerca de ellos, parecían haber crecido un metro cada uno, o yo encogido.
-¡Tita, que llevo toda la noche buscándote!- La llamé justo a su altura, pasándole el brazo por encima de su hombro y besándola en la cara rápida y decididamente.
La chica no dijo nada, solo me echo el brazo a la cintura y se apretó a mí. Su cuerpo temblaba y no era por el frio.
Los cuatro macarras, ya se habían hartado de la indiferencia que esta mostraba y la insultaban sin miramiento. Lo malo es que mi llegada, solo hizo que se crecieran aún más, contentos de haber encontrado un saco de boxeo con el que desahogar el desengaño de la chica, a la que dicho sea de paso, hubiera sido poco decoroso “zumbar”.
La tiritera de la chica había contagiado ya también mi cuerpo, y yo iba bien abrigado. Espero que no tenga que ir al dentista que es muy caro pensé, mientras paraba en seco mis pasos y los de la chica.
-¿A vosotros que os pasa?, ¿es que no sabéis beber?- Les dije mientras me volvía, agarrado al cuello de la chica como si me la hubieran puesto los reyes, y tan seguro de lo que hacía como de la “tunda” que me iban a dar.
-¡Y a ti que te importa, capullo!- Respondió uno muy mal encarado.- ¿Quién te ha dado vela en este entierro?- Continuo mientras los demás tomaban posiciones frente a nosotros.
-¿Y vosotros por que nos dejáis en paz, gilipollas?, no nos hemos metido con vosotros- Gritó a pleno pulmón aquella chica a la que yo creía incluso muerta ya, pero que resurgía cual Ave Fénix en el momento más inoportuno. ¡Ay oma! Pensé, de esta no me salva ni el algarrobo.
Me sorprendió tanto, que volví mis ojos hacia ella. ¡Sorpresa!, la de la despedida de soltera, y la misma que dejé con tres cuartas de boca en el gimnasio.
Ya decía yo que me sonaba el tono de ese “capullo” que había entonado. Y yo agarrado a ella como a una lapa, como si fuera mi amor del alma. Lo había arreglado todo la colega.
Como ya el que llevaba la voz cantante hizo ademán de abalanzarse sobre nosotros, aparte a un lado a la chica, no para pegarles, sino para que me pegaran solo a mí.
Adopté una guardia aprendida sin duda de uno de esos capítulos de Kung-fu que tanto me gustaron de pequeño, y cuando me las daban todas juntas, unos destellos azulados, y una pitada de sirena corta, nos dejó paralizados a todos.
-¿Algún problema?- Dijo el conductor de un coche de la Policía Nacional, que se acababa de convertir en mi héroe.
-Ninguno agente, estos amigos que no saben donde están las discotecas y les estamos indicando, pero ya se van- Dije nerviosamente, esperando que se fueran ellos antes que la policía.
Y así ocurrió, uno de ellos, me dio la mano y se marcharon, lentos pero aunque no iban muy convencidos del todo, decidieron que ya estaba bien de hacer el ganso y caminaron sin mirar atrás.
Tras darle unas muy agradecidas gracias a un agente que con un guiño demostró que había comprendido la situación, me vi de nuevo frente a aquella furia de la naturaleza.
No sabía que decirle, porque realmente si llego a saber que era ella lo mismo no me busco tal problema. Pero su cara de circunstancia me caló quizás un poco en el alma.
-Muchas gracias Manuel, no sé cómo darte las gracias-Dijo tras buscar un poco las palabras, y encendiendo de nuevo y poco a poco unos preciosos ojos azules que adornados por un maquillaje verde con tonos oscuros figuraban en una cara a la que decidí, innecesario cualquier adorno pese a nuestras diferencias.
-¿Cómo vas sola a estas horas un día como hoy?, te has arriesgado mucho. Le respondí con el corazón todavía palpitante por la aventura.
-En realidad había quedado con unas amigas, pero me han dejado tirada, así que me marchaba a mi casa- Respondió con cierto tono de resignación y arrancando de mi mente un “no me extraña” por el mal carácter que se gastaba.
-Bueno, que te vaya bien el resto de la noche. Pide un taxi y te ahorrarás muchos problemas- Le dije, convencido de haber hecho ya cuando había podido por ella.
-Tengo que hablar contigo. Sé que me porté mal contigo aquella noche y me gustaría pedirte perdón- Dijo agarrándome por un brazo, y provocando escusas inseguras que se diluyeron ante su insistencia.
Tomar una copa en un pub que está cerca de allí no era realmente lo que quería, pero me acordé de las palabras de Susana, y quizás escucharla era lo menos que debía hacer.
Como una vez convencido ya no había nada que hacer, caminamos juntos hasta el pub, Quizás también una copa me vendría bien para el susto.

martes, 30 de noviembre de 2010

¡QUE CABEZA!



Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada. Anoche penetré tan sigiloso como un gato, abrigado por la seguridad de las frías mantas de la oscuridad.
Las cuatro de la mañana, y mis padres ya acostados. Mal panorama se podía terciar si detectaban la llegada de mi ausencia. Nunca entendí que dieciocho años podían ser objeto de tal falta de libertad, pero el caso es que ellos no ven esa edad compatible con esa hora.
De pronto mi vejiga llena de cerveza protestó con un agudo sin razón, con un borrador que eliminaba a toda prisa cada idea que pasaba por la pizarra de mí aturrullada cabeza, haciendo sonar una sirena que irremediablemente indicaba que iba a estallar.
Era vital mantener la disciplina de luces y sonidos, así que de puntillas y tocando las paredes sigilosamente, buscando con el oído el ruido entrecortado del sueño de mis padres, entré en el aseo.
No atinaba a desabrochar aquellos importunantes botones del pantalón, mientras notaba incluso, el paso de la orina de la vejiga a la uretra. Pero tan nervioso esfuerzo tuvo recompensa en forma de una liberación orgásmica, lenta y fluida. Y caliente.
Lo sentí en mis pies descalzos.
Ahora sí que la había hecho buena, anoche la tapa del váter no estaba levantada.

jueves, 18 de noviembre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 36: AÑO NUEVO.

De nuevo me encontraba sentado en la misma silla que me había visto auparme a ella cuando mediaba un abismo entre mis piernas y el suelo. Con mi familia, con la cual había compartido el transcurrir de un tiempo que como el agua de un río, venía caudaloso de recuerdos al mar de los días presentes.
Como todas las cenas, tanto entremés dejó poco hueco para la comida de verdad, pero la pata de cordero de mi madre era irrechazable, así que con un vino que mi padre aseguraba que era el mejor del mundo, y un poco de voluntad, ataqué aquella maravilla culinaria.
Ahora todos estaban sentados a la misma mesa, como todos los años. Todos menos ella. Levanté mi vista y fue como si un leve zumbido, hubiera hecho que todo se ralentizara de momento, a la par que aceleraba mis sentidos hasta el infinito.
Podía oír la voz de mi padre pedir algo a mi madre tal y como si estuviera en treinta y tres revoluciones por minuto, cuando debería ir a cuarenta y cinco. Las risas de mis hermanos sonando como ecos distorsionados, mientras Valeria y mi madre, ponían una lenta pega a la comida en la que tanto se habían afanado.
Pero yo, yo no podía dejar de pensar que mientras todos reían y trataban de disfrutar de la compañía que nos brindábamos, tenía que estar añorando tiempos pasados, deseando escapar sin ser visto de una atmosfera que me agobiaba.
No era justo que en tres meses que habían discurrido desde el divorcio, yo no fuera capaz de ser el mismo. Me preguntaba que penitencia tendría que hacer como pago de aquel golpe del destino.
Mientras, todos los demás reían, incluso mi padre parecía más feliz. Quise ir al cuarto de baño, pues intuía una pronta borrasca lagrimal de las que últimamente era aficionado, pero algo llamó mi atención.
-¡Un brindis, un brindis!- Estas palabras fueron como otro click que me volvieron a meter en la realidad. Lo extraño era que provenían de mi madre.
-Este año voy a hacer el brindis yo. No me miréis así.- Dijo, confirmando que iba en serio. -Vamos a brindar por Valeria y Miguel, para que no se les hagan muy largos estos ocho meses que quedan, y que tengan mucha suerte.
-¡Que vais a ser tíos y Abuelo!- Añadió levantando su copa al aire con un gesto de felicidad como hacía tiempo que no le veía.
Parece mentira los caminos tan extraños que escoge la alegría para llegar a nosotros. Todos abrazaron a los futuros padres, algunos riendo y algunos casi llorando. No era para menos, pues suponía la llegada del primer miembro a la familia de nuestra propia sangre. Creo que fue la primera vez que vi a mi padre llorar. Llevaban mucho tiempo intentándolo, por lo que esas lagrimas que estuvieron a punto de salir antes por otros motivos, se me escaparon finalmente, pero estas eran de alegría.
Con prisas de última hora y el mismo nerviosismo inexplicable de cada año, quedamos frente al televisor, mirando atentamente la esfera de un reloj.
Unos cuartos seguidos de unas campanadas pusieron broche final a un año que nos acercaba o nos alejaba, según se quisiera.
Mezclados entre el estruendo de los cohetes que empezaban a lanzar, y el ruido del tapón en su descorche del champan, repartimos besos y abrazos. Deseos de felicidad, aunque más alegría sincera por poder estar otro año unidos.
Con la misma algarabía de siempre, salimos en tropel al balcón pese al frio a contemplar los fuegos artificiales. Sus fulgores, destellaban en un cielo tan negro como un manto, en el que se pintaban brillantes coloretes, y que parecía distinto a los demás. En la calle comenzaba la vida a moverse de nuevo tras aquella pausa mágica.
Valeria me abrazó cariñosa mientras los últimos cohetes sonaban.
-Me alegro mucho por vosotros- Le dije al oído.-Espero que todo salga bien.
-Y todos esperamos que recuperes tu sitio-Respondió-Tienes que ser menos reservado. Hemos decidido no decirte nada porque te conocemos, pero que sepas que puedes contar con todos nosotros.
Y dándome un sonoro beso, siguió la marcha de los demás, y entro en el salón.
Miré al horizonte de aquella ciudad, buscando entre las luces escenas que se parecieran a la nuestra. Llenando mis pulmones de un soplo de aire para continuar.
Aunque me sentía solo, decidí que había pasado muchos años buenos, y que aunque el pasado próximo no fue el mejor, quizás el próximo año volviera a ser especial.

martes, 16 de noviembre de 2010

DEAD CHILD´S POEM



Una canción un poco triste, pero bella en su melodia, rompiendo los topicos que condenan este tipo de música.

sábado, 6 de noviembre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 35: ESTA BARRIGA NO ME DEJA VER LA LACIA. (TOMASITO).

La incertidumbre con la que había acabado aquella nefasta noche, y que me había perseguido hasta que pude hablar con Noelia, se disipo como las nubes al final de la tormenta.
Sin duda el haberme disculpado y aclarado por fin el asunto, me había puesto unas alas en los pies que me llenaban de alegría.
El mazazo había sido grande, un desengaño que se había revelado con violencia sobre mí, justo cuando había algo que pensaba que iba sobre ruedas.
Reconozco que lo pasé bastante mal. Soy del tipo de personas a las que una simple llamada de atención hace que se incomode sobremanera, vamos, que un ataque de remordimientos me hacen sufrir más que un dolor de muelas.
Tengo que confesar, que tan mal estaba y tanto me estaba machacando la cabeza el asunto, que incluso recurrí a pedir consejo a Mario.
Si, se que parece una estupidez, pero cuando la desesperación te atrapa, no se sabe a veces donde acudir. También pensé, que a un individuo al cual le habían pasado tantas situaciones disparatadas, puede que tuviera alguna solución milagrosa inesperada.
Me dijo que me comprendía, y que había tenido una vez una situación parecida;
“Una vez me pasó, que fui a casa de un amigo. La madre me dijo que estaba durmiendo, así que decidí gastarle una broma.
Me desnudé totalmente en el pasillo frente a la puerta de su cuarto, y me dispuse a meterme en su cama sin que me oyera, la sorpresa sería mayúscula.
Pero me pasaron dos cosas realmente embarazosas, como a ti Manuel, –comencé a recelar un poco en este punto de su conversación- al intentar abrir la puerta de su cuarto, me di cuenta de que el mamón había cerrado por dentro. De repente, la puerta del salón se abrió, apareciendo de la nada frente a mi; su padre, madre, hermana, e incluso su abuela, una vieja con un diente arriba y otro abajo, que me miraba con los ojos desorbitados. Rápidamente me tapé los pezones.
-¿Y esa fue la primera situación embarazosa?-Le dije sorprendido, desencantado por que no tenía nada que ver con lo que me había ocurrido. No obstante le busqué una redención que quizás no se merecía. – ¿Y la segunda?
-Pues que cuando me di cuenta de que los pezones no era lo que en realidad debía tapar, si no “la lacia”
¡Y se rió el tío a carcajadas! Desde luego, la culpa solo la tenía yo, pues podía haber imaginado que me saltaría con cualquier majadería.
Después de haber hablado con ella me sentía feliz, descargado de un peso que tan tontamente había echado a mis espaldas.
No había mucho tiempo que perder, en casa debían estar llegando ya mis hermanos, así que sin mucha dilación y directamente, me dirigí hacia allí.
En cierta medida, eran mis hermanos los que más habían insistido para que no faltara a la cena de año nuevo. Otros años mi madre había colapsado la centralita de mi casa, para desesperación y hastío de Susana, pero este año, o había delegado esa misión en mis hermanos, o había pasado simplemente de mí.
No debía sorprenderme demasiado, no me había mostrado muy receptivo con ellos desde el primer momento en que comenzaron los problemas. Pretendí mantenerlos al margen, primero porque sabía que poco me iban a ayudar, y segundo por mi carácter reservado.
Sabía de más que no me iban a comprender, pero debía pasar la prueba de fuego de la cena, e intentar tal y como había sucedido con Noelia, que las aguas volvieran a su cauce.
Mis padres vivían en nuestra casa de toda la vida, un piso enorme en unas de las plantas de un antiguo edificio señorial de principios de siglo. El edificio estaba bastante remozado, pero conservaba su espíritu de antigüedad intacto.
Respiré a fondo antes de pulsar el interruptor del portero automático. Una inquietud me asaltó mientras esperaba a que alguna voz apareciera, y aunque esta se hizo un poco de rogar, desapareció de un plumazo cuando entre risas de fondo, mi hermana me abrió la puerta, regañándome en broma por la tardanza.
Mi idea era llegar antes que ellos, justamente para no ser el centro de atención, pero finalmente no lo conseguí, ellos ya estaban allí, y me recibieron entre risas burlescas y vasos en mano.
La primera en recibir mi saludo fue mi hermana Valeria, Era la mayor de mis hermanos. Nueve años mayor que yo justamente, y tan cariñosa y preocupada por todo como siempre, muchas veces he pensado que se comportaba como si fuera más nuestra madre que nuestra hermana.
Estaba casada desde hacía unos cuantos años y su marido, un Comercial de productos ibéricos andaba por ahí mezclado con mis hermanos, atiborrándose de cerveza como todos los años.
Sabia que ellos andaban en el salón, pero como primer deber, busqué a mis padres como objetivo de mis saludos iniciales. Mi madre andaba en la cocina, y cuando me vio, me abrazó resaltando lo guapo que venía, aunque me veía muy delgado. No sé si estaba más susceptible que otros años, pero me pareció más feliz que otras veces, ni rastro de los reproches que esperaba encontrar y que tan bien se le daban.
De todos modos, y aunque había cogido carrerilla, faltaba mi padre, que ese sí que era un escollo importante. Pregunté por él a mi madre, y me indicó que andaba en el salón, sin dejar de preparar los platos con Valeria.
Crucé la puerta de aquella sala, recibido por un torrente de risas. Alguna ocurrencia había contado Roberto, el menor de mis hermanos y el que más sentido del humor tenía, yo diría que de toda la familia entera.
Al verme entrar, el, Pablo y Adrian, mis otros hermanos, se abalanzaron sobre mí, abrazándome como si hubiéramos marcado un gol. Como me temía, comenzaron a darme golpes en la cabeza, tan juguetones como siempre. Ellos estaban a lo suyo, pero volví mi vista automáticamente buscando a mi padre.
-¡No vais a cambiar nunca!-Bramó desde el sofá donde charlaba con mi cuñado.
Me incorporé y fui a saludarlo, de paso a mi cuñado también. Estaba serio, pero sereno, más pendiente de guardar las formas en la fiesta, como siempre. Pero con su copa de vino en la mano. Tampoco encontré rastro de los reproches que esperaba.
Repartí besos entre mis cuñadas, y acepté un vaso de cerveza, la cena iba a comenzar.

sábado, 23 de octubre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 34:DISCULPAS

Se sentó frente a mi despacio, no diría que midiendo las distancias, pero poniendo un sutil e invisible coto entre los dos, sabiéndome quizás inocente, pero con reticencias.
-Verás, no sé como disculparme contigo- Comencé diciendo después de haber apartado como pude la vergüenza que me embargaba, y decidido a borrar como fuera los efectos que aquella torpeza habían provocado.-Estoy muy mal desde el otro día, no entiendo como pude meter la pata de esa manera.
-Pensé que eras más moderno-Dijo luego de haber escuchado mis aturrulladas palabras, serena pero firme.-¿Piensas que un hombre y una mujer no pueden ser simplemente amigos?, si me muestro amistosa contigo e incluso cariñosa, ¿significa eso que quiero sexo contigo?
-Eres bastante retrogrado-. La dejé proseguir. Merecía que dijera todo lo que pensaba de mí.
-No me cabe duda de que eres un buen chico, pues otro no se estaría disculpando como lo estás haciendo tu, además se ve claramente tu sinceridad, pero confundes los términos.
-Pensé que te gustaba. Nunca me había tratado así una chica, siento haber estado tan confundido- Dije sintiéndome tan torpe como un niño comenzando a andar.
-Tampoco te culpo-.Dijo entonces mirándome fijamente.-Solo has actuado como lo haría un "machote”.
En eso llevaba toda la razón, pero como explicarle que llevaba más tiempo del que hubiera creído soportar sin tener sexo, claro que eso no era justificación para portarme como el peor Mario.
-¿Puedo hacerte una pregunta?- Dijo fulminando mis pensamientos y poniéndome en guardia totalmente. Asentí dubitativo.
-¿Eras buen amigo de tu ex mujer?
Si me da con un martillo en los dientes no me deja tan descolocado y tan dolorido como cuando acabó de formular aquella pregunta que no sabía ni de donde me venía. Parecía como si de pronto quisiera vengarse de mí.
-No pienses mal, no quiero venganza hurgando en tu herida, solo quiero seguir ayudándote, aunque no lo creas.
-Yo, yo creo que si- Acerté a decir tan fuera de lugar, que me costaba concordar algo coherente que decir.
-Piensa una cosa- Volvió a decir algo más relajada y menos seria de lo que estaba cuando comenzó nuestra conversación.-Me da la impresión, de que puede que trataras a Susana como a tu mujer, tu novia o simplemente tu hembra.
-Yo creo que la trataba más como amiga que como novia- Dije tratando de controlar el torbellino de recuerdos que pasaban ahora veloces por mi mente.
Nunca me había puesto a pensar en nada de eso. Estaba convencido de haber tratado a Susana tan bien o mejor de lo que se merecía, incluso profesándole un amor que rayaba algunas la idolatría.
Me hacía estar seguro de lo que pensaba, el inmenso dolor que me produjo el final tan dramático que tuvimos y que todavía me estaba costando aceptar.
-Perdona que tenga mis dudas a la vista de cómo has actuado- Volvió a la carga. –Pero eso te corresponde a ti juzgarlo. Puede que ahí esté la clave de lo que te pasó, eso, o hablar con ella y que te lo diga.
Esas palabras provocaron en mi una enérgica sacudida, y una negativa decidida. ¡Como iba yo a estas alturas a buscar a Susana para que me dijera el porqué de lo que hizo!
-No hay más que ver cómo te portaste aquella noche. Solo la insultaste y gritaste, solo te importó el cómo y no el porqué.
¡Y se quedó tan pancha!, no, si al final tenía que haberle dado a Susana un aplauso y un ramo de flores.
- Creo que ante una escena semejante, tú hubieras actuado igual- Respondí tratando de hacerlo con serenidad y dejando a un lado una ironía que por quizás inoportuna, decidí aparcarla a un lado.
-Yo hubiera intentado saber de su boca porque lo hizo. Además, ¿tú crees que es de amigo dejarla a altas horas de la noche caminar por la senda de un bosque sola y después de un disgusto? Ella seguro que también lo pasó mal. Debías haberla llevado por lo menos a la ciudad, y luego lo que decidieras como más apropiado.
-¡En eso iba yo a pensar!- Dije finalmente exaltado.-Me sentía traicionado, dolido, tanto que quise incluso golpearla, ¡a lo que más quería!, pero el dolor que sentía me quitó las pocas fuerzas que tenía.
-Manuel- Respondió parando en seco mi repentino embalo.-Yo estoy dolida contigo, has abusado de mi amistad, me has abrazado y metido mano a la vista de toda la gente de un pub. Sin embargo, aquí estoy yo escuchando tus explicaciones.
-No es lo mismo- Protesté con fuerza, seguro de mis razones.
-¿Sabes que tengo novio?-Soltó de pronto, tapando mi boca que se abría de pura estupefacción.-Pues sí, está haciendo un Máster en Washington, y no lo he mencionado antes, porque no lo consideré al caso, además, no quería que pareciera más una advertencia que una circunstancia. No lo consideré oportuno en un clima que creí de amistad. ¿Qué imaginas tu qué pensaría de mí?
Me había vuelto a dejar a cuadros. Que difícil se me hacia toda esta situación, no entendía nada de nada.
Cogí el la taza tan necesitado del café como nunca. Su frialdad, me devolvió a la realidad. Llevábamos un buen rato ya charlando.
-No pretendo que te pongas triste- Me dijo cogiéndome la mano, pero tarde ya para remediarlo.-Eres un buen chico, y vamos a hacer como si nada hubiera pasado ¿Vale?, Piensa en todo lo que te dicho, esa será tu penitencia.
Lo cierto, es que me alegró mucho. Sería tan bonito si pudiéramos borrar de un plumazo los errores que cometemos…
Nos levantamos de los asientos, y sonreí contento. Le ofrecí mi mano un tanto desconcertado y sin saber lo que debía hacer.
-¡A que viene eso!, dos besos-Respondió primero seria y luego sonriendo.-Pero dos besos castos- Y volvió a sonreír tan natural como siempre.
-Una última pregunta- Pidió mientras nos despedíamos.-¿Por qué lo hiciste?
Tras un momento de reflexión le contesté; quizás porque estas muy buena.
Entonces rió a carcajadas, y dándome una palmadita en la espalda, se marchó riéndose.

sábado, 16 de octubre de 2010

LA ANTESALA



Algunos lloran, otros miran con desesperación tratando de encontrar inútilmente una salida, un despertar a una profunda pesadilla, retorcidos en escorzos imposibles.
Tan grande como la confusión que reina, es aquel pasillo oscuro donde tenues brillos amarillentos y ocres se reflejan en unas caras abatidas por el sufrimiento.
Paro mis pasos de repente, me parece reconocer una cara entre aquel grupo de suplicantes. Me mira sin dejar ese quejumbroso llanto.
-¡Mama!- Exclamo sin saber si me he confundido de realidad. Hace tantos años que se fue, tenemos tantas cosas de que hablar. ¿Pero que hace aquí?, ¿Por qué no me responde?
-¿Dónde estamos mama?, ¿Qué hacemos aquí?- Pregunto ahora con desesperación.
Pero me mira inexpresiva, como si no me conociera. Solo atina a responderme:
-Cuando comprendas, tampoco dejaras de llorar.

domingo, 10 de octubre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 33: PERDONAME (Camilo Sesto)

Ya no volvió a dedicarme ni una palabra, solo un par de miradas desdeñosas desde su mesa, y cuando notó que la miraba, se centró aún más en su conversación con uno de sus amigos.
La noche se caía en pedazos a mis pies. Una angustia suave y envolvente, vino a cerciorarse de que la noche se había ido al traste, y quizás una bonita amistad.
Sentado en la barra y mientras todos reían, me puse a mirarla, buscando de nuevo la redención en una de esas sonrisas brillantes que regalaba, y que viniera a hablarme como si nada hubiera pasado.
Pero la cruda realidad era que la había cagado, así que con más pena que gloria, puse punto final a la noche, despidiéndome a la francesa y tan abatido, como acostumbrado a sentirme un desgraciado.
Me levanté tarde, descansado, pero aún avergonzado por mi comportamiento. Trataba de convencerme de que se había puesto muy a tiro, que era una “calientapollas”, y que se me había insinuado tanto, que no tenía la culpa de caer en el error.
Sin embargo, otra parte de mi decía que me había portado como un imbécil, con o sin la maldita bebida, no tenía mucha justificación.
Que sensación tan mala es esa que te dice que el día de ayer ya no es igual al de hoy. Vaya vergüenza que iba a pasar cuando tuviera que darle la cara en el parque o en algún otro sitio.
Metí mi cabeza entre mis brazos y froté enérgicamente mis cabellos, como si de esa manera fuera a borrar todos mis problemas.
Noelia se había preocupado realmente por mí, y yo había confundido totalmente los términos. Debía hacer algo por remediarlo, así que iba a buscar una solución a estos remordimientos que me estaban matando. Me iba a portar como un hombre civilizado.
Recordé que tenía su teléfono, así que intenté ponerme en contacto con ella. Su teléfono se encontraba desconectado o fuera de cobertura, pero consideré que quizás era demasiado temprano para ella, pues se habría acostado seguramente más tarde que yo.
Pero lo intenté más tarde sin ningún resultado, pensé que podía haberme bloqueado como contacto. Desde luego no merecía menos.
Estuve unos cuantos días intentándolo sin éxito, incluso la busqué por el parque a las horas que sabía que ella acudía pero nada.
Así con todo, llegó el último día del año, y yo sin noticias de ella, por lo que me convencí que quizás se había ido de vacaciones navideñas a esquiar o algo por el estilo. Ahora me tenía que concentrar en la cena familiar que tenía esa misma noche.
Tenía todos los regalos comprados, pero repasando los detalles de la cena, me di cuenta de que en cumplimiento de mi costumbre de llevar alguna aportación cuando voy a cualquier cena no había previsto nada.
Ese año tenía claro que no iba a llevar vino, pues mi padre era amante del bueno, y todo el que le llevaba resultaba de peor calidad del que tenía el en la mesa. Siempre acababa diciéndole que lo echara para la comida. Ese año iba a llevar postres, así que después de comer y haber echado una buena siesta, me fui en busca de una heladería donde sabía que hacían unos sorbetes de limón muy buenos.
Esta estaba en el centro comercial al que solía acudir, y es que en una gran ciudad todo se mueve por estos lugares, como imán atrayente de todos los últimos negocios relacionados con la última cena del año. Una concurrida multitud sesteaba, deseosa de poner sosiego a sus prisas desesperadas por poner a punto un acto que al día siguiente dejaba de tener importancia.
Para ser justos, a veces, no solo me ha abrazado la Diosa Fatalidad, también la Diosa Casualidad, y quizás ella vino a saludarme aquella tarde.
Mirando un escaparate absorta, y tan distraída que pude acercarme a ella sin que se diera cuenta, Noelia aparecía como una presa a los ojos de un lince; sola y desprevenida.
Respiré profundamente, pero avancé hacia ella dispuesto a terminar de una vez con aquel racimo de remordimientos que había florecido en mi alma y que me atenazaban.
-Hola- Acerté a decir, expectante y deseoso de ver su reacción.
-Hola-Fue lo único que respondió, diciendo más con una dura mirada, tan diferente a la brillante y espontanea que me solía regalar, que con mil palabras.
-Tenemos que hablar-Le dije en tono suplicante, sin atreverme a tocar su brazo aunque tenía intención.-El otro día fui un estúpido y quiero disculparme contigo.
Algo se movió en sus ojos y su mirada, y tan parca en palabras como había comenzado, señaló un café que estaba apenas a unos metros de donde nos hallábamos.
-Te ruego que me perdones Noelia, he metido la pata contigo hasta el fondo y me duele haberte insultado- Le dije una vez nos sentamos y pedimos un par de cafés. –Supongo que no tengo mucha justificación, y todo lo que te diga solo empeorará el asunto, así que solo quiero que sepas que estoy muy arrepentido- Continué abortando un intento por su parte de hablar y acabando de carrerilla todo lo que tenía preparado.
-Te perdono- Dijo volviendo a mostrar un atisbo de sonrisa. –Pero ahora vas a escucharme tu a mi.

domingo, 26 de septiembre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 32: ¡OH, MY GOD!

Pero sí que andaba por ahí. Como un águila que sale cortando el aire de algún rincón del cielo y ataca despiadada a un perdigón en alguno de esos episodios del inolvidable Félix Rodríguez de la Fuente, se apareció de nuevo ante mí.
Tal y como hacía siempre, dándome su típico abrazo de oso, y con su eterno cubata en la mano, haciendo que me planteara seriamente, si en su mano no le habían injertado un vaso de cristal y que se encargaba de llenarlo periódicamente.
Tampoco me importaba en demasía que estuviera Mario allí, pese a que temía cualquiera de las locuras a las que acostumbraba, y que podían ponerte en un compromiso en un momento dado.
Repartidos saludos y pedidas las bebidas pertinentes, se creó un ambiente bastante bueno, en el que entraban y salían amigos de unos y conocidos de otros, todos con buen talante, y algunos contando ciertas anécdotas que hicieron que nos riéramos mucho.
Gracias al Shagy por ejemplo, pude saber como Mario salió de la pelea que se organizó en la discoteca y de la que me perdí el final.
Y es que cuando vio como se repartían hostias y aprovechando el barullo que se formó, se puso a golpear al “pollo”, increpándolo e incluso insultándolo, con el lógico desconcierto de este, que como no tenía bastante con aquellos, tenía que aguantar a su amigo dándole hostias.
El caso es que el “pollo” tuvo que salir “por patas” ante la gravedad del asunto, agarrado por el cuello de “Rafita” que también había recibido lo suyo.
Entonces Mario agarrándose la muñeca y haciendo gestos ostensibles de dolor, se puso a jurar en arameo en contra de aquella gente que no sabía comportarse y que solo venía a buscar follón a la discoteca. El que más ostias había dado del otro bando, se puso a darle la razón, y como Mario tiene ese don de gentes que Dios le ha dado, acabó bebiéndose una tanda de cubatas con él.
No pude más que troncharme de risa, cuando Mario añadió que como este le había dado una hostia al principio de la pelea, aunque no se acordaba por el barullo, a modo de venganza, se propuso emborracharlo y lo consiguió, invitándolo a varias rondas de chupitos de lo que más alta graduación tuviera. Tan mal acabó, que apenas si se podía mantener en pie.
Por supuesto, Mario tenía más aguante, por lo que cuando se ofreció a acompañarlo hasta la calle, lo que hizo en realidad, fue echarlo en un contenedor de basura que había en un callejón cercano a la discoteca, menudo personaje.
Estaba pasando tan agradablemente la noche, que no me di cuenta que había pasado la hora en la que un poco antes o después, había quedado en llegar Noelia.
Ya había llegado y estaba charlando con un grupo de amigos que había visto y con los que también había quedado, pero no me percaté de su presencia hasta que decidí hacer un viajecito al excusado.
No eran los efluvios que Baco y Afrodita se empeñaban en lanzar sutilmente sobre mí, venía espectacular, vestido de tirantes azul, zapatos de tacón y el pelo recogido en un gracioso moño que adornaba con un tocado de flores rojas y amarillas.
Desde luego, las cenas en su casa eran de lo más elegantes. Menos mal que decline la invitación, pues seguro que no hubiera estado a su altura.
Tal y como hizo esa misma tarde, nada más verme, vino a saludarme dándome un cariñoso abrazo, deseándome feliz navidad entre risas. Se le veía muy contenta.
Afrodita desde luego puso más empeño que Baco. Cuando nos abrazamos y mi nariz rozó su fino cuello, el olor de su perfume me hizo ponerme a cien. Parecía como si se hubiera puesto “Eau de Feromonas”, y no fueron solo directo a mi nariz.
Como no podía aguantar mucho más, me excusé y me dirigí directamente al Wc. En previsión de lo que podía pasar, me metí en uno de los Wcs y cerré la puerta. Preocupantemente para mí, “el perro” salió disparado hacia afuera en cuanto le abrí la puerta.
Esta mujer me había puesto a tope. Hacía mucho tiempo que no tenía sexo también, pero ese cuerpazo embutido en un vestido había sido el colmo.
Salí de nuevo dispuesto a continuar la fiesta y seguí pasándolo muy bien. Noelia me presentó a todos sus compañeros que no conocía, con los que seguí bebiendo y riendo.
Aunque cada vez que fijaba mi vista en Noelia, ciertos gritos se “alzaban” por debajo de mi, haciéndome cada vez más costoso controlar unas manos que buscaban descaradamente el roce con aquella pedazo de hembra.
Para colmo, ella parecía no darse cuenta, pues se mostraba tan cariñosa como siempre. Esto hizo llegar a la conclusión de que no podía salir mal si me decidía.
Mientras tanto, Mario y los demás seguían donde los había dejado, casi sin reparar en mi ausencia.
Todo marchaba tan bien que me puse muy contento. Ya era hora de dejar atrás la timidez. Nada podía fallar.
Así que armado de valor, cogí a Noelia de la mano dispuesto a invitarle a hacer realidad mis planes. Pero en el último momento me eché atrás, y en vez de eso, le pedí que me acompañara a pedir unas copas.
Ella aceptó encantada, y aún tomada por mi mano, caminó tranquilamente hacia la barra. Estaba en el bote.
Una vez tuvimos nuestras bebidas, nos dirigimos hasta la pista, estaba tan a gusto que no me importaba bailar, y eso que no era Fred Astaire precisamente.
Un golpe de suerte y la hora que era ya, hizo que el encargado de poner la música, tuviera la brillante idea de poner una música lenta.
Noelia, siempre tan atenta a mí, no tuvo otra cosa que hacer que pasar sus manos sobre mi cuello.
Las mías como atraídas por un imán pasaron a su cintura, iniciando ambos un baile tan tranquilo que me asustaba.
Mentiría si dijera que oía la canción que sonaba, pues solo estaba atento al contoneo de aquellas caderas que tocaban mis manos. No entendía como no se daba cuenta del bulto que empezaba a interponerse entre ella y yo. Pero ella como si nada.
Era la señal perfecta de que todo iba a salir bien, así que sin saber cómo, mis manos empezaron a moverse un poco, sin respuesta por su parte.
Así que llevado por un impulso desconocido, mi mano derecha bajó directamente a su culo, llevando la punta de mis dedos justo donde confluyen los dos puntos bajos que más nos llaman la atención de la mujer.
Entonces la música pareció pararse, Noelia levantó su cabeza y me miró con sorpresa.
-Vamos a mi casa Noelia, vamos a terminar la fiesta allí- Le solté tratando de parecer lo más interesante posible, pero quizás sin conseguirlo aunque lo había ensayado mil veces.
Pero Noelia de un empujón me apartó de su lado, Tornado la sorpresa a enfado.
-No me esperaba esto de ti- Me dijo muy seria.-Veo que eres de los que no creen que un hombre y una mujer pueden ser amigos.
Y zafándose de mis aturdidas manos, se marchó hacia el rincón donde estaban sus amigos, dejándome desconcertado y sin palabras.

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 31: CENA SOLITARIA.

Un tanto excitado por la expectativa que se me abría, y que no sabía realmente como resultaría, volví a entrar en mi reluciente hogar.
Los olores a productos de limpieza y a los ambientadores que tenía estratégicamente repartidos por toda la casa me dieron una agradable bofetada, de esas que no son comunes que sucedan y que te llenan de satisfacción.
Me senté con cierto recreo en el sofá con el mando a distancia en una mano y con la intención de ver algo que me entretuviera hasta la hora de la cena.
En la televisión (tan noble como siempre), había cabida para todo tipo de programas; los típicos navideños, con un tele-maratón que ofrecía a subasta productos donados por famosos, películas de Disney en las que no faltaba la nieve, los renos y el famoso espíritu de la navidad, dibujos animados y el típico programa del corazón que ahora están tan de moda y no descansan ni en un día tan señalado.
Resumiendo, tan poco que ver, que mirar los objetos de la casa e incluso la pared, merecía más la pena. Y eso hice.
Me puse a contemplar las repisas que tanto nos costó instalar, no solo porque venían en un kit con un libro de instrucciones en todos los idiomas menos en español, si no porque no nos poníamos de acuerdo en el lugar idóneo para su ubicación.
Como nos reímos cuando después de la odisea del montaje, me equivoque en las marcas, y equivoqué uno de los anclajes.
Resultado: un “leve” desnivel a la derecha que hacía que los libros cayeran como en un tobogán. Susana estuvo riéndose de mí una semana.
Parecía tan alegre su sonrisa. Tan real su diversión por cualquier asunto que afrontábamos en nuestros primeros meses de matrimonio, que si no fuera por el final que tuvimos, hubiera pensado que duraría toda la vida. Pero me equivoque.
Antes de ponerme más triste, camine hacia la nevera y saqué una botella de vino rosado que formaban parte de la cesta de navidad que me había obsequiado la empresa.
Su frio pero agradable sabor se encargó de mitigar la melancolía que quería venir a cenar conmigo esa noche. La eché escaleras abajo y me dispuse entre copa y copa a elaborar el banquete.
La cesta me resultó más útil de lo que creía, pues aportó charcutería ibérica y bebidas, además de un paté que había comprado y de un pollo asado que había tenido preparado desde el día anterior y que daba vueltas en el horno.
Casi sin darme cuenta la botella pasó a mejor vida, así que tuve que buscar otra entre la gran variedad de bebidas que traía aquella elegante caja de madera. Un rioja fue esta vez el elegido, así que cuidadosamente lo coloque en el centro de la mesa acercándole un sacacorchos para cuando fuera menester abrirla.
Una vez estuvo el pollo preparado y las patatas fritas cortadas en rodajas grandes, bien doradas me senté a la mesa.
Abrí la botella y me puse a ofrecer a mis invitados. ¡Que raro, nadie quería!, y eso que era rioja del bueno. Pues más para mí, y casi me la bebí entera.
El pollo salió bastante bueno, lo cual constituyó una verdadera alegría. Y sorpresa también. Por lo que llegué a la conclusión de que quizás tanto vino era un condimento que mejoraba cualquier comida.
Y es que por su culpa me parecía que aquel programa que estaban emitiendo con el sempiterno Ramón García me pareciera lo mejor del mundo.
Me sentía muy bien, tanto, que estuve a punto de dejarlo todo como estaba, arreglarme y salir a toda pastilla. Pero mi sentido común me hizo llegar a la conclusión de que si se daba bien la noche, y conseguía que Noelia aceptara una invitación a venir a la casa como pretendía hacer, se encontraría una auténtica Zahúrda. Eso no podía ser.
Media hora más tarde ya tenía todo tan limpio o más que antes, y con cantidades industriales de oloroso ambientador por toda la casa. De modo que después de una ducha y una elección meditada del vestuario apropiado me lancé de nuevo a la noche.
Esa noche me embargó una sensación de optimismo que me resultó incluso rara. Desde luego, Baco y sus efluvios habían hecho esa noche un buen trabajo conmigo.
Había quedado con Noelia en un Disco-Pub que ambos conocíamos. No estaba en el centro, pero tampoco demasiado alejado, así que sin pensarlo dos veces me dirigí hasta allí. Si llegaba demasiado pronto siempre podía ir al centro y luego volver.
La calle estaba llena de corrillos de chicos. Más numerosos, menos, pero todos escapados de sus cenas y citados a regañadientes de sus padres. Me hizo recordar los tiempos de la pandilla, cuando nos juntábamos en cualquier plaza con alguna botella escondida y sin importarnos ni lo más mínimo el frio. Al día siguiente, la bronca con los padres era segura.
Cuando llegué al lugar de nuestra cita ya había bastantes parejas y grupos. Sobre todo de treintañeros. Eran las doce, por lo que ya comenzaban a salir los que no tenían ya un cotillón o alguna fiesta concertada.
Todo comenzaba a rodar bastante bien, pues nada más entrar empecé a ver conocidos. El primero fue Juan, mi antiguo colega de pandilla.
Después de saludarnos y comentarle como me había ido con Mario –Al que encontré gracias a él- me marché con la promesa de bebernos algo después. Las miradas recelosas que me lanzó su mujer tuvieron el éxito que probablemente esperaba.
Hay gente que cree que las viejas amistades son obstáculos que hacen que se valore menos lo que tienen. Me encontré en mi vida alguna gente así, pero siempre consideré que lo que tenían era un importante complejo de inferioridad.
De todas formas no quería ser yo un contrapunto para nadie, así que me fui a otra parte del local, allí estaba Shagy –Al que no veía desde la despedida- sonriendo y haciéndome señas.
También andaba por ahí Antonio, y quizás el que más temía, Mario –el cual quizás no debía aparecer hoy.

domingo, 12 de septiembre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 30: QUIERO PASARLO BIEN

Como buen 24 de Diciembre que se preciara, esa mañana no había que trabajar (“Valiente” noche buena hubiera sido esa). Desde luego, semejante putada era poco probable en una empresa que el día anterior hacía una cena por todo lo alto y hasta altas horas de la noche.
Una tibia luz, tan tímida como espontanea se encargó de darme los buenos días besando suavemente mi cara.
Pese a no haber dormido demasiadas horas, había descansado muy bien y después de flagelarme a base de bostezos y escorzos imposibles, me levante de la cama sin saber muy bien que iba a hacer. Me resultaba odioso que todo el día se centrara en la cena de la noche.
Una ducha caliente me dio el vigor necesario para pensar que un buen desayuno en el parque, y luego una carrerita me vendrían bien para comenzar el día lo más ociosamente posible.
La cafetería del parque me recibió con una mezcla de olores mañaneros tan cotidianos como el café y las tostadas. Ocupe la primera mesa que vi libre y jugueteando con el servilletero esperé a que me sirvieran.
Alguna fuerza interior me hizo prestar atención a todos los sonidos que ululaban a mí alrededor; las voces de la gente, mezcladas todas en charlas casi ininteligibles, el ruido del vapor de la máquina de café, la alegre melodía que emitía la máquina tragaperras que a un lado de la barra esperaba su lucrativa comida, etc.
Todo parecía estar de fiesta, todo menos yo. No tenía ni idea de lo que iba a hacer esa noche, y tan buena como era, lo único que había conseguido hasta ahora era ponerme melancólico.
Volví a la casa después del desayuno y la carrera tan confuso como me había marchado. Dispuesto a realizar una limpieza a fondo de la casa para una cena a la que únicamente iba a asistir yo.
Tan pronto terminé, me senté en el sofá a observar la pulcritud de mi obra, pero que no era óbice para que me sintiera mal, con una terrible sensación de aburrimiento.
Cuan fastidioso es desechar todo un día para quedarse solo con una noche plagada de interrogantes. ¡Pero vaya destello más brillante dio la bombilla de mi cabeza!
Me acordé de repente, de cuando era estudiante, y de cuando me iba de pubs después de comer. Todos los pubs del centro abrían formando un ambiente muy especial en el que nos divertíamos mucho. Incluso alguna vez había ido con Susana de novios, aquel día acabé bailando sobre un barril vacio de cerveza, y poniéndole un dedo en la cabeza a Mario, mientras este daba vueltas mientras decía que era una peonza. Claro está, que acabó mareándose y cayendo de espaldas para nuestro total descojone.
Lo malo es que alguna vez me pasé un poco y mis padres me habían llamado la atención por mi comportamiento de “borrachuzo” en la cena.
¡Pero ese día nadie me iba a reñir!, así que iba incluso a comer fuera. Me duche y compuse lo mejor que pude, y en un despiste de esta, dejé encerrada en el baño a mi soledad.
Una buena comida en un restaurante, un buen café y un buen whisky como postre, tuvieron a bien ser el preludio de lo que yo pretendía como una tarde perfecta.
El centro estaba cerca, por lo que no tarde mucho en pisar su larga avenida y sus placitas llenas de pubs. Todos ellos habían colocado carteles anunciantes de horas felices y ofertas de todo tipo, adornados con guirnaldas y brillantes luces rojas que lucían alegres.
Entre tanto pub, la verdad es que no sabía dónde acudir, y me quedé parado en medio de la calle observando el ambiente, hasta que el sonido de mi móvil me sacó de mi ensoñación.
-Estoy viendo a un tonto con camisa larga gris, mangas ligeramente recogidas y pantalón vaquero, más feo que los pies de otro –Dijo una voz muy familiar antes de estallar en una gran carcajada.
¡Era Mario!, la verdad es que me dio alegría de oír su voz.
Y Mario salió de un pub cubata en mano, nos dimos un abrazo acto seguido. Venia ligeramente más moreno, probablemente una de las secuelas de su viaje a Cuba, y como siempre, con muchas cosas que contar.
-¡Vamos a beber algo de buen rollo! –Le dije con alegría.
-¡De buenísimo rollo! –Respondió poniéndome la mano en el hombro y dirigiéndome al lugar donde había estado metido.
Pasé un rato muy agradable charlando sobre Cuba y las aventuras de Mario allí, y de paso, alegrándome de no haber ido con semejante “marronero”. A lo tonto me había bebido unos cuantos cubatas y estaba muy a gusto, pero decidí que ya había bebido bastante, además eran casi las nueve, por lo que debía marchar si quería prepararme algo en condiciones.
Por supuesto, Mario estaba totalmente en contra de mí medida, así que trató por todos los medios habidos y por haber de quitarme la idea de la cabeza, tildándome de maricona y rajado, pero con poco éxito.
Me despedí rechazando una invitación para cenar en su casa, y dándole un nuevo abrazo, me dirigí a la salida.
Tras sortear la enorme espalda de un grandullón que tenía justo delante, volví mi vista levemente a la izquierda, y la vi. Estaba sentada en una mesa alta con varias personas de su misma edad y de diferentes sexos.
Entre una nube de humo, una especie de fuerza telepática hizo que volviera su vista justo sobre mí.
No tuve más remedio que pararme de sopetón al tiempo que como lanzada por un resorte, Noelia se levantaba y venia con pasos decididos.
Tan risueña como siempre, me dio un abrazo y dos sonoros besos, diciéndome que se alegraba de verme.
Yo estaba tan nervioso que no sabía que contestar pese a tener la lengua engrasada por el alcohol. Estaba impresionante aquella tarde, pelo recogido por una graciosa cola, camisa blanca de botones ligeramente dorados y pantalón vaquero, todo ello adornado con una alegría que parecía perenne en esa chica.
Tras reiterarme su deseo de que me uniera a su grupo, decidí no sin dudas marcharme, no conocía a nadie de su entorno. Noelia tampoco insistió mucho más de lo cortés, pero con un solo gesto, hizo tambalear todos mis cimientos.
¡Volvió a abrazarme!, es más, incluso me acarició la espalda. Y luego de decirme que me apreciaba, se volvió a su sitio, mostrándome como si estuviera en butaca de primera fila, un contoneo de trasero del que no pude resistir pegar mis ojos como si fueran de Velcro y su culo una manta.
Pues sí, una autentica fiebre convulsionó mi cuerpo sin que ella se diera cuenta. Andaba por el pub incluso desnuda y Noelia no lo sabía, pues mi poderosa imaginación ya no conocía limites.
Había quedado con ella para después de la cena, así que quizás la noche no fuera tan larga. Mi instinto me decía que tenía que intentarlo, y lo que hacía tiempo que no usaba me decía que si no lo intentaba no tendría perdón, así que….

jueves, 2 de septiembre de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 29: REINTEGRANDOME EN LO SOCIAL.

Después de una difícil navegación en un bote de lona pinchado y con un fuerte temporal en el mar de mis dudas, decidí asistir a la cena de empresa.
Pese a habérmelo planteado como plan seguro, las habladurías de la gente y el cambio de definición en relación a mi estado civil me habían hecho pensar que quizás había que darle un poco de curro a los reporteros de las revistas del corazón que allí se iban a dar cita disfrazados de compañeros.
Pero pasé de todos ellos, saque mi traje que guardaba perfectamente embalado en su funda, y mostrando la mejor sonrisa que tenía me marché al hotel de cinco estrellas donde cada año la empresa celebraba la navidad.
Creo que ya he dado pistas, por lo que sobra decir aunque lo hago, que la cena era de rigurosa etiqueta. Un punto en su contra, aunque quizás uno de los pocos.
Para la empresa, esa noche era muy especial. Aunque se llevaba todo el año tratando de tenernos lo más estresados posible, esa noche no escatimaba en lujo de detalles para hacernos pensar que quizás éramos para ella más especiales de lo que creíamos.
Cada trabajador estaba autorizado a acudir con su esposa o pareja. Con ello, pretendía dar un aire familiar al asunto, aunque por todos era comentado, que lo que querían era evitar desmadres que pudieran provocar problemas matrimoniales que sin duda afectarían al rendimiento del operario en cuestión.
Dispusieron mesas en las que nos sentamos con quien nos apeteció. Yo elegí sentarme junto con Antonio y su esposa, a los que encontré después de saludar más afectuoso que cualquier otro día a cada uno de los conocidos que me iba encontrando.
Aseguraron que me estaban buscando, y que dudaban de que acudiera puesto que el año anterior no lo hice.
Lo cierto, es que el año anterior mi relación con Susana estaba tan deteriorada que preferí no dar absolutamente nada que hablar a nadie.
Se mostraron agradables y divertidos. Antonio empeñado en todo momento que no faltara en mi copa ni una gota de un rioja que estaba realmente espectacular.
La comida fue estupenda, y aunque en el tradicional sorteo no fui agraciado con ninguno de los regalos que tan espléndidamente nos obsequiaban (en mi segundo año, me tocó una cámara digital Réflex valorada en mil cuatrocientos euros), lo cierto es que me conformó haber pasado desapercibido y no haberme planteado mucha gente la temida pregunta que podéis imaginar.
No solo eso, sino que algunas compañeras me habían piropeado. Me habían puesto tan gordo que casi no cabía en el traje.
Pero apenas comenzado el baile y los cubatas, decidí marcharme antes de que se me “calentara el piquito”. El ambiente invitaba, y aunque me bebí un Whisky empujado por un Antonio en plena euforia y que se resistía a aceptar mi decisión bajo ningún concepto, una vez apurado mi vaso me despedí de él y le desee que pasaran una buena noche.
-No te vayas Manuel- Me dijo muy serio.-Quiero que estés con nosotros esta noche. Si te quedas te invito mañana a desayunar chocolate con churros-.
-No insistas Antonio- Respondí poniendo mi mano derecha en su hombro.
-Yo quería agradecerte de alguna manera lo que hiciste por mí en la despedida, fuiste el único que no me dejó en la estacada- Dijo ahora poniéndose grave y poniendo cara de cordero degollado.
Hizo que me brotara una sonrisa tan bobalicona como espontanea. ¡Que buena gente era este Antonio!
-Si quieres agradecérmelo ve con ella y pásalo bien- Acerté a decir, y señalando a su Señora que bailaba junto con otras esposas, añadí.-No la conozco pero parece una buena chica, así que ya sabes. Además, los churros me dan ardentías-.
Así que aproveché las risas del comentario para darle la mano y marcharme tranquilamente. Colocándome de nuevo mi chaqueta y atravesando la puerta del Hotel en busca de uno de los taxis que nos ponía la empresa con una sensación muy placentera de persona realizada.
Más contento de lo que entré y con muy poquita cosa.

domingo, 22 de agosto de 2010

EL INCREIBLE KIERON WILLIAMSON





Este niño de siete años esta causando furor en Inglaterra con sus exposiciones.Ha llegado a vender algunas de sus obras en mas de mil quinientos dolares. Cuenta que empezó su afición con dos años y aunque sus primeros dibujos eran más parecidos a cualquier trabajo de un niño de su edad, ha depurado tanto su estilo y técnica, que su avance ha sido espectacular.
He aquí alguna parte de la obra de este precoz pintor.

domingo, 1 de agosto de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 28: ¡VAMOS!

Por supuesto, esa navidad iba a ser un tanto especial para mí, y bastante distinta de las anteriores. Aunque comenzaba a prepararla con recelo, cada vez sentía menos preocupación, por primera vez veía con optimismo un tiempo inmediatamente futuro.
Mi amiga depresión hacía un tiempo que no venía a visitarme, algunas veces sentía una especie de angustia “pre-catastrófica”, pero se me pasaba. Demasiado pendiente de mi subconsciente según Noelia, mi psicólogo particular.
También volví a ver a mi amiga la del gimnasio. Si, esa que dejé con tres cuartos de boca en venganza por la noche en que nos insultó en la despedida de Antonio. Me la encontré en el pasillo que va del gimnasio a la piscina.
Ni rastro de aquella cara de chula desafiante que mostró aquella noche, ni de ese tono despreciativo que empleo para llamarnos imbéciles o idiotas.
Por supuesto, la miré, e incluso le dije un escueto “hola”, lo que paso el otro día no era óbice para que pensara de mí que era tan mal educado como ella. Me lo devolvió, y siguió su camino mochila al hombro.
Mario me volvió a llamar, la primera vez, quería venderme un BMW de importación que había conseguido de un amigo suyo que los traía de Alemania. ¿Para qué quiero yo un BMW? Le solté tan divertido como sorprendido.
Entonces el muchacho me dijo que en algo tenía que gastar el dinero del piso, y que todo solterón que se precie y quiera mojar el churro con asiduidad, debe tener un BMW, a ser posible con un tres mil de motor, y de gasolina.
Desde luego este tarado no se enteró de nada, no me extraña con lo que achica que no se acuerde después de una conversación. El piso me lo quedé yo, y no estaba ahora para BMWs.
También me llamo a los pocos días para invitarme en las vacaciones a un viaje a Cuba. Viendo cómo se las gasta el colega preferí quedarme aquí, ya que aparte, eso de coger vacaciones no era tan fácil en mi empresa, solo teníamos el mes en verano seguro.
Me dijo que conocía un sitio donde las oriundas te hacían el helicóptero, y que yo me lo perdía. No tenía ni idea de lo que era el helicóptero, pero es que yo además para “eso” era muy clasicón, así que tampoco me convenció mucho.
Definitivamente no tenía ninguna gana de ir con semejante “cataplasma” a ningún lado.
Puestos a ser sinceros, la verdad es que eso de mojar el churro ya me estaba empezando a llevar por la calle de la amargura. Había veces que mi mirada se iba tras los pasos de cualquier culo femenino que se moviera con un poco de garbo, algunas veces sin garbo también.
Teniendo en cuenta que era invierno, una época donde la ropa suele tapar todas las virtudes de un buen cuerpo de mujer, comencé a pensar que lo mío comenzaba a ser grave.
Tan grave, que incluso me plantee la posibilidad de acudir a una casa de lenocinio, o de citas si lo estiman menos rebuscado. Aunque para ser sinceros, tenía más vergüenza que morbo, así que seguí haciendo el amor a mi “propia” manera.
Noelia me había ofrecido cenar en casa de sus padres en noche buena. Para mí era un honor, y pese a que me sorprendió muy agradablemente su proposición, la decline.
Que podía pintar yo en casa de sus padres, me moriría de vergüenza. Además, el día veintitrés teníamos la comida de empresa. Prefería centrarme en ella, y luego en noche buena quizás salir después de una ligera cena en mi propia casa.
De todos modos, su invitación me dio mucho que pensar, se preocupaba mucho por mí. ¿Sería eso una señal inequívoca de que yo le gustaba?
Lo cierto, es que cada vez lo veía más claro, me hablaba con mucho cariño, y parecía que se alegraba de veras cuando me veía.
Hubiera dado lo que fuera por poder saber que rondaba por la cabeza, por saber que hueco ocupaba yo allí. No tenía ni idea de lo que hacer al respecto, pero lo cierto, es que debía hacer algo ya. Las mejores ocasiones son las que se escapan.

domingo, 18 de julio de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 27: MERIENDA TERAPEUTICA.

Mientras caminábamos en busca de alguna cafetería que por su puesto dejaba a su total elección, me sentía como un niño con zapatos nuevos.
Estaba embargado totalmente por una sensación muy extraña. No podía dejar de fijar mis ojos en ella cada pocos pasos, como si no fuera yo el que estaba caminando junto a aquella muchacha menuda, de ojos oscuros y belleza cautivadora.
¡Iba a tomarme un café con una chica!, hacía mucho tiempo que eso no sucedía.
Pese a las apreturas que conlleva el lugar y dada la hora que era, se podía decir que conseguimos una mesa más que aceptable en el tercero de una fila de Pubs que servían además de copas un café exótico bastante bueno.
Tomamos asiento y requerimos los servicios de una camarera que pese a toda la gente que había, acudió con presteza. Sin ánimo de hacerme el interesante, pedí un café brasileño que me habían recomendado una vez. Prometo que lo que tenía era simple curiosidad.
Ella a su vez, pidió un café con leche de toda la vida y rehusó mi ofrecimiento de algunos de los pasteles que ofertaba la carta que nos trajo la chica.
Nada más darle el primer sorbo al café, me di cuenta que tenía que haber pedido otra cosa. Estaba demasiado fuerte para mi, de esos que hay que tomárselos sentado directamente en la taza del Wc, aparte de asegurarme un insomnio para esa misma noche.
No habíamos parado de charlar desde que nos vimos, todo un logro pues no solo quería considerar aquello como una primera cita, si no que mi timidez no había aparecido en ningún momento y eso me hacía feliz.
Tenía que considerar de tomas formas, que la naturalidad con la que ella actuaba, y la confianza que mostraba, pues eso ayudaba bastante.
-¿Dónde has estado metido?, hace un par de semanas que no coincidimos en el parque- Preguntó en cierto momento de nuestra conversación, entre observaciones y pensamientos, anteponiendo la sonrisa a sus palabras.
-Bueno, la verdad es que he estado estas dos semanas algo liado- Dije sin saber si debía responder a la confianza que me demostraba, o si seguir empleando mi reserva habitual.
- Lo cierto, es que he tenido algunos problemillas- Solté casi sin darme cuenta, arrastrado por la complicidad a la que me resistía aceptar, y a la que finalmente sucumbía.
-Espero que no sean de salud Manuel- Me dijo con tono preocupado. – Si puedo ayudarte en algo, cuenta conmigo-.
-Bueno, no es eso exactamente, pero lo cierto, es que desde hace un tiempo atravieso por una depresión de la que no acabo finalmente de salir- Respondí mientras agarraba la taza de café con las dos manos, clavando en ella una mirada que me costaba levantar.
-¡Vaya!, la verdad, es que siempre me has parecido bastante melancólico, pero no imagine que era por nada de eso- Dijo con gravedad, como entonando una disculpa.
De modo que comencé a relatarle los avatares de mi desventurado matrimonio, así como mis intentos por reconducir una vida que lamentaba en el alma que hubiera cambiado de un plumazo.
Su semblante cambió, me miró seria, grave, como si lo que le contaba hubiera congelado el tiempo, y como si de escuchar mi relato, dependiera su propia vida.
Me había esmerado tanto en la descripción de todas las fases por las que había pasado, que pensé con inquietud, que quizás me había pasado de explícito. Al fin y al cabo, no conocía de nada a Noelia, no sabía si era lícita tanta licencia al desahogo.
-Me ha impresionado mucho tu historia- Dijo al fin de mi narración. –Te agradezco que me la hayas confiado, creo que haces bien en contarlo y desahogarte, esto hará que te sientas mejor.
-La verdad, es que el desahogo es un lujo que no me he podido permitir mucho últimamente- Respondí después de dar un sorbo al resto del café que había en mi taza.
-Creo que te has encerrado demasiado en ti mismo, había muchas personas en las que podías haberte apoyado-Replicó buscándome unas alternativas que ya yo había contemplado.
-No es tan sencillo, me he llegado incluso a asustar de las sensaciones que han desfilado por mi cabeza, ese abatimiento general, esa inseguridad maniatante, una pena desgarradora hasta límites insospechados…, Incluso dolor físico, todo esto, no deja que puedas ver lo que mejor te conviene- Respondí con tranquilidad.
-¿Nadie te aconsejó que fueras a un psicólogo?- Prosiguió escrutando los movimientos de la camarera, con inequívocas ganas de pedir la cuenta. No la dejé pagar por supuesto.
-Mi jefe, pero no estaba yo precisamente ese día para aceptar consejos de el- Respondí con firmeza.-Pensé que lo que buscaba era darme la baja por motivos psicológicos.
-Pues mira lo bien que se ha portado contigo. Te puedes dar con un canto en los dientes, no todos los jefes hacen eso con un subordinado- Replicó risueña otra vez, con más razón que un santo, pues si le hubiera hecho caso, quizás me hubiera ahorrado esta última recaída.
-Sí, me ha valorado más como persona de lo que quizás merecí- Dije al tiempo que soltaba un billete al camarero que venía con una bandejita depositaria de la cuenta, y cerrando con la otra mano la cartera beige que Noelia trataba de abrir.
-¡Ja, ja, ja, ja!- Rió recordando el episodio del llanto en la oficina.-Yo creo que ese efecto no lo han tenido sus palabras ni con su mujer.
-Eso es seguro- Dije entre risas, pensando que como todo el mundo, D. Aurelio mandaba en todos lados menos en su casa.
-¿Te das cuenta lo poderoso que es el amor?- Preguntó poniéndose seria de nuevo.-Lo mismo nos eleva al cielo que nos hunde en la miseria.
No pude responder más que un lacónico si, ese pensamiento lo había tenido muchas veces, y tanto había renegado de él, que si hubiera podido poner mis manos encima de Cupido, lo hubiera estrangulado. A partir de ahora trataría de cuidarme del amor, por lo menos, intentar entregarlo a quien realmente supiera recibirlo.
Pensando estaba, cuando nos levantamos por fin. Después de dos besos, quedamos para otro día y me fui con otros ánimos, quizás tenía razón y el desahogo me había ayudado. Desde luego, esta chica era fantástica

domingo, 11 de julio de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 26: YA ESTA AQUÍ….

Mentiría si dijera que fue fácil despejarme de aquel tejido dañino que me rodeo y apretó con fuerza. Tampoco entusiasmarme con las pequeñas alegrías que me regalaba mi apática vida, o no sucumbir ante cualquier eventualidad.
Pero lo cierto es que intenté abrirme a la vida, bajarme del Hindemburg antes de que se estrellara llameante.
Irremediablemente, sucedió. Una buena mañana, al entrar en el pasillo de la oficina, me encontré todo lleno de pomposas guirnaldas de verdes y rojos brillantes, bolas de colores, y todo tipo de consabidos mensajes de felicidad navideña bajo texturas de nieve.
Nuestra empresa, siempre fue bastante sosa para todo tipo de fiestas y celebraciones, recuerdo jubilaciones e incluso muertes de algún empleado, y no se había pronunciado al respecto, ni había ofrecido ningún acto o comportamiento especial, sobre todo en el que se viera un poco de humanidad. Pero una semana antes de que llegara noche buena, daba el pistoletazo de salida y se convertía en una especie de centro comercial.
No es que mis pensamientos se dejaran llevar por mis circunstancias, y estas influyeran en mis palabras, pero no se podía ser más friki.
¡Incluso compraban árboles de navidad naturales! Increíble el despilfarro, cuando había veces que para pedir algún aparato de medición o alguna herramienta más cara de lo normal, había que mandar una instancia lo más suplicante posible, y demostrar fehacientemente, que era cuestión de vida o muerte. Ver para creer.
Este año me había propuesto no despreciar ningún acto social, incluida la cena de empresa, a la que había dejado de acudir pues las cosas ya no iban muy bien con Susana, y las esposas o parejas también estaban invitadas.
Lo que realmente me tenía preocupado era la cena con la familia. Sentía autentico terror con solo pensarlo; “¡Feliz Navidad!, Aquí está el derrotado”.
No sabía cómo encararlos, pero no tenía más remedio que acudir, al fin y al cabo eran mi familia.
Siempre mantuve con ellos un silencio absoluto incluso cuando las cosas fueron a peor con Susana. Nunca me gustó airear mis problemas, pero aparte, tenía la esperanza de que se arreglara el asunto y no me tuviera que comer lamentos y explicaciones dadas.
Solo mis padres supieron algo por mi boca, pero sus palabras fulminantes me hicieron descartarlos de la misma manera como paño de lágrimas. Me veían como a un apestado, culpable de todo lo sucedido.
Todos los padres sacan los ojos por sus hijos, todos salvo los míos. Y lo cierto es que eran un apoyo que no creí que me fallaría, pero sabiendo lo chapados a la antigua que eran, debí haberlo previsto.
En fin, que tenía que ir a la cena de año nuevo como mandaba nuestra tradición familiar, ya vería como me las arreglaba con mis hermanos, y con los “Torquemada”.
Como no me quedaba otra, esa misma tarde opté por comenzar con un trabajo que no por más tradicional, me resultaba más pesado; comprar los regalos de navidad.
Me sumergí en la algarabía de un centro comercial, y me puse a darle vueltas, repasando detalles, e intentando confeccionar una lista de lo que podía comprar con menos follón, y que gustara más.
Reconozco que Susana en estos menesteres, me prestaba una ayuda valiosísima. Poseía ese instinto especial del que siempre sabe que regalar, y con poco dinero, buscaba regalos que hacían la delicia del destinatario.
Con mis padres, lo tenía muy fácil para los regalos, a él todo le parecía innecesario e inútil, y a ella, tres cuartos de lo mismo, aunque después estuviera con el abrigo o guantes de turno, como Mateo con la guitarra.
Mis hermanos y yo, nunca nos regalábamos nada, pero mis cuñadas si tenían esa costumbre, y ese día se obsequiaban un detallito de poca importancia.
Este año, decidí que iba a romper la costumbre, y que les iba regalar a cada uno, una botella del mejor whisky que encontrara. No sabía si lo hacía por peloteo, o por lavar mi conciencia por no haberles contado nada, pero lo cierto es que lo iba a hacer.
No es que me alegrara, o si en parte, pero realmente era un alivio que estos tres “orangutanes” no tuvieran ninguno descendencia, entonces sí que tendría un problema para buscar regalos.
Decidido a comenzar a dilapidar mi recién llegada paga de navidad, entré en una tienda de bebidas, dispuesto a comenzar con lo más fácil, las botellas de Whisky.
En aquel local, había bebidas de todas clases, desde el rioja más caro, al champán más conocido, todos ellos presentados en estantes de madera, decorados con adornos, y flanqueados por botellas grandes de todas las bebidas expuestas.
No me compliqué mucho la vida, un añejo de doce años fue el elegido, así que le indiqué al dependiente que me envolviera las coquetas cajas de madera en que los servían en un papel de regalo muy bonito que tenían.
-¡Vaya, buena botellona vas a hacer!- Dijo sonriente Noelia, que como siempre aparecía de sopetón, y como siempre con una bonita sonrisa como complemento.
-Hola Noelia- La dije entre risas, realmente contento de verla.- ¿Cómo estás?
-Muy bien Manuel, un poco cansada de tanta compra- Respondió resoplando con gracia, utilizando una pose de cansancio bastante socarrona.
-Pues ven, te voy a invitar a un café, yo también estoy cansado- Le solté sin pensarlo dos veces.
¡Claro, hombre!, tenía que aprovechar la coyuntura, además, no sé por qué, me apetecía mucho charlar con ella.

domingo, 4 de julio de 2010


CAPITULO 25: DONDE LAS DAN LAS TOMAN.

Tan contento como confundido, marché hacia el metro en dirección al gimnasio. Contento por ver como de entre los grandes nubarrones grises, tan oscuros como el fondo del mar, comenzaban a abrirse paso, titubeantes pero radiantes rayos de sol. También confuso por la complejidad de la situación.
Había decidido que debía recuperar el tiempo perdido. Quizás debía hacer lo que más me apeteciera, sin importarme como. Sentirme bien, puede que ese camino me llevara a ser feliz.
Y comencé a aplicarlo en el mismo momento en que vi sobre la mesa del salón las gafas de natación que había comprado una semana antes. ¿Por qué no?, voy a hacer lo que me apetezca.
Bajé las escaleras que llevaban directamente a los vestuarios de la piscina climatizada. En contraste con las demás salas del gimnasio, la piscina no tenía demasiada afluencia a esa hora de la tarde, me calcé el bañador y las pinzas nasales y me metí directamente en el agua.
Me sentí muy a gusto, la tibieza del agua y el calor del ambiente, eran un contrapunto muy placentero con respecto al frio invernal que reinaba en la calle.
Sumergirme en el agua y sentirme totalmente embargado por ella, me hizo sentir renacido, aislado de mi realidad, como un niño en su placenta, seguro otra vez.
Cada brazada me parecía avanzar un océano en vez de unos metros, cada respiración que regalaba a mis pulmones emergiendo del agua, parecía llenarlos de vida, de una nueva energía que añoraba con todas mis ganas.
Creo que fue el día que más nadé de mi vida. Unos cuarenta y cinco minutos sin parar.
Todo un record, cuando agarré la escalerilla para salir, me dolían brazos y piernas, pero me sentía muy bien, renovado totalmente. Aun con más dolores que un pavito chico.
Ahora me iba a duchar, y me iba a dar una buena cena, en un buen restaurante, me apetecía una parrillada y me iba a dar un homenaje.
Al salir de las duchas, me paré frente a una máquina de refrescos. Pese a tanta agua, me sentía totalmente deshidratado, así que busqué una moneda entre los bolsillos de la mochila.
Mientras tanto, una chica se incorporaba después de agacharse a recoger una lata. Era muy guapa, y fijó su mirada justo en la mía.
Su cara me pareció un tanto familiar, pero no caía donde podía haber encontrado a aquella rubia de rizos ondulados.
-Hola, tu eres Manuel ¿verdad?- Me dijo dubitativa y un poco avergonzada.
-Si, soy yo- Logré responder intentando reconocerla. Buscando en sus profundos ojos azules una pista que me indicara quien era aquella joven.
-Soy la her..
-¡Vete a la mierda!- Le respondí con toda la energía que me proporcionó una salida triunfal del desconcierto y una oportunidad esperada para la venganza que había reclamado tantas veces a los santos.
-¡Te pasaste el otro día cantidad!¡la única idiota que había allí eras tú!- Grité espoleado por el enfado que congelé en mi memoria y al que puse una venda en la boca.
Efectivamente, aquella chica era la hermana de Sara, la chica que se despedía de su soltería, y de la que se nombró defensora de su castidad. Y que nos insultó sin haber hecho ni Antonio ni yo, nada que pudiera reprochársenos.
“Ahí lo llevas”, pensé mientras la dejaba allí como la que se había tragado el cazo. Alejándome con una sincera satisfacción, acrecentada cuando me volví y observé como se había quedado inmóvil, y silenciosa.
Nunca había necesitado la venganza para alimentar mi ego, pero el caso es que esta me había sentado muy bien. Me permitía caminar con pasos holgados, firmes y seguros, con un punto de felicidad. Hizo que pensara que había hecho bien, de paso cumplía con sus nuevos preceptos: “Voy a hacer siempre lo que me haga sentir bien”.
Deseché la idea de la parrillada por lo correoso que podía resultar para mi estomago tal cantidad de carne. Y más de noche, iba a dormir menos que el Conde Drácula.
En su lugar, pensé que quizás un mexicano estaría bien. Así que puse rumbo a uno que conocía, y que se comía exquisitamente.
Mientras engullía con fruición las fajitas que había pedido, me recreé en la cara de la chica, y acabé la cena tan satisfecho como seguro de mi mismo.
Apenas solté las llaves de la casa en un cenicero marrón que compramos en un viaje a Mérida que hicimos Susana y yo, y que recreaba la máscara de un gladiador. En el mismo estaba el móvil que había desconectado por la mañana cuando me fugué de la oficina.
Lo conecté esperando una respuesta del trabajo, al que debía volver al día siguiente. Solo tenía un problema; no sabía cómo me iba a disculpar con Don Aurelio. No solo lo había dejado allí con dos palmos de narices, si no que me había largado del trabajo por toda la cara.
Me daba mucha vergüenza, pero debía llamarlo, así que me busqué su número entre los que tenía en su agenda, dispuesto a rogar, suplicar e incluso llorar si hacía falta.
El sonido del timbre vino a añadir todavía más desconcierto a la situación, pero presto, abrí la puerta.
Mi sorpresa fue mayúscula al encontrarme frente a mí, serio y con las manos en la espalda a Don Aurelio.
-Pase Vd. no se quede ahí por favor- Le indiqué tratando de mostrarme lo más hospitalario posible.
Aquel hombrecillo menudo pero serio de solemnidad, entró lentamente, metiendo esta vez sus manos en los bolsillos. La situación creo que era tan violenta para mí como para él.
-¿Quiere Vd. tomar algo Don Aurelio?-Le pregunté no demasiado seguro de las existencias de mi nevera.
-No gracias- Respondió.-Voy a ser breve, además es tarde-.
Ya está, pensé, ahora viene cuando me despide. No podía reprocharle nada, pues me lo había ganado con creces, no obstante, me daba pena de acabar así. Pese a haber pasado momentos malos, en esta empresa había crecido mucho, y me había forjado como persona.
-No sé qué decirle Don Aurelio… -Comencé a soltar atropelladas palabras.
-Lo siento mucho Manuel- Cortó mi esperpéntico intento.-Creo que esta mañana me he pasado un poco contigo-¡ No podía dar crédito a sus palabras!.
-Se que lo estas pasando mal, y quizás mis palabras no ayudaron mucho, lo siento de verdad-.
-No tiene que disculparse- Respondí poniéndole una mano en el hombro. –Todavía no he vencido del todo mi depresión, debería estar agradecido por vuestra paciencia-.
-Manuel, eres un buen trabajador, de hecho todo lo que buscaba estaba perfectamente descrito en tu proyecto, de veras que te hablaba en broma, lo que pasa es que soy un poco serio, y quizás no sé hacerlas-.
Y aunque tenía razón, que a veces no se reía ni aunque le cortaran los labios, la verdad, es que decía mucho de él que se hubiera molestado en venir a disculparse.
Con mi firme promesa de que acudiría al día siguiente al trabajo como si nada hubiera pasado, se fue sin querer tomarse ni un vaso de agua, buena gente Don Aurelio.

domingo, 20 de junio de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.



CAPITULO 24: Y EL JODIO LUNES LLEGÓ.

Moví parsimoniosamente los ojos aquella mañana de lunes. El despertador había sonado implacable como siempre, pero los cerré con fuerza, hasta provocar un ligero dolor de parpados.
No tenía ganas de abrirlos, no tenía ganas de mover un solo músculo, no tenía ganas de vivir.
Y no es porque fuera lunes. Por algún extraño motivo, mi averiado cerebro volvía a bloquearse al mundo, a caminar entre ciénagas pantanosas, a citarse para tomar un café con su amiga depresión, y esta le estaba invitando a tostadas y todo.
Tapé mi cabeza con las sábanas y comencé a llorar amargamente. ¿Por qué me sucedía de nuevo? ¿Qué había hecho yo para merecer esto? Había luchado mucho por salir del agujero, y de nuevo volvía a zambullirme.
Tras una hora de inmovilidad física en la que mi cuerpo se negaba en rotundo a poner rumbo a la oficina, logré convencerme de que era lo mejor que debía hacer. Pero no me fue nada fácil, mis ojos buscaban con afán las antiguas fotos que colgaban de nuestras paredes, buscaba desesperado imágenes de Susana, convencerme de que había estado alguna vez allí, ¡y era imposible!
Las había tirado todas a la basura en vista del daño que me hacían. De todas formas, toda aquella acuosidad no me permitía siquiera ver la puerta del dormitorio.
Sequé mis lágrimas con la manga del pijama y de un rápido golpe tiré todo lo que reposaba sobre el tocador, impertérrito recuerdo de un pasado que apenas si se concretó.
Decidí que no iba a quedarme allí como un conejo esperando a que le disparara un cazador. Aunque tarde, me duché y me vestí, saliendo hacia el trabajo lo más rápido que pude.
Se dice que cuando una cosa es susceptible de empeorar, empeora. Y eso es lo que precisamente pensé, cuando al enfilar el pasillo de las oficinas sin que nadie se percatase de mi retraso, me tope de bruces con D. Aurelio sentado justo frente a mi ordenador.
-¡Hombre, la bella durmiente!- Dijo sin volver la vista de la pantalla, rebuscando con afán en el inventario de un proyecto que habíamos realizado la semana pasada.
- Lo siento mucho D. Aurelio, no volverá a ocurrir- Respondí avergonzado, aguantándome unas indómitas ganas de llorar que supongo venían como complemento en el kit de la depresión. -¿Puedo ayudarle en algo?
-En nada, como puedes ver ya me las apaño yo solo. Lárgate y haz lo que quieras, que mas da- ¡Y lo dijo el tío sin pestañear!
La verdad, no sé qué oculto mecanismo accionó aquel hombre que si ni siquiera se había dignado a mirarme, pero el caso es que me invadió una pena traicionera. Una pena profunda e inoportuna, que no venía ni a cuento.
Cual niña de quince años que estuviera viendo la película Titanic por primera vez, y contemplara al pobre Jack hundiéndose en las profundidades de aquel oscuro océano helado, comencé a llorar.
Un llanto silencioso y discreto. Habría pasado desapercibido, salvo por eso mismo, la pena no me permitía articular palabra.
D. Aurelio se volvió, y claro está, se encontró de frente con María Magdalena.
-¡Manuel! ¿Qué te ocurre?- Exclamó con extrañeza.
Pero no quise darle más gozo a la humillación que sentía, de modo, que salí a paso ligero, dejando correr mis lágrimas, y sin importarme ni lo más mínimo dejar allí plantado al mismísimo jefe.
Deambulé sin rumbo fijo, subiendo y bajando las estaciones del metro sin tener ni idea de adonde ir, enhebrando pasos inconscientes, inconexos, alejados cada vez más de la realidad. Apagué el móvil y me dirigí a mi casa.
Con una valeriana como medicamento, y un bocado a una empanada de atún que tenía en la nevera, me metí en la cama buscando alivio.
Cuando desperté, la luz del sol había desparecido totalmente, una ligera luz entraba por la ventana del salón, alumbrando directamente mis pies que descansaban en su parcela de mi terapéutico sofá.
El reloj del DVD indicaba que eran las ocho, y de paso mitigaba la desorientación momentánea que sufría.
El sueño había calmado mis nervios, la angustia vital que había vuelto a sentir esa maldita mañana se había mitigado bastante, aunque me tuvo un poco a la expectativa.
Una extraña impaciencia apareció también, quería pasar página lo más rápidamente posible, aunque está claro que todavía estaba lejos de borrar de mi cabeza todos los problemas que lo atenazaban.
Con un súbito arranque de energía me puse ropa deportiva, necesitaba estimular la adrenalina, quizás unos largos en la piscina me vendrían bien.

domingo, 13 de junio de 2010

EL INVIERNO DEL CORAZÓN.


CAPITULO 23: PLACIDO DOMINGO, JODIO LUNES. (Tip y Coll).

Nada que ver el despertar de aquel sábado con el de la despedida de soltero. No había descansado nada, esa noche la pasé llamando a Juan en la taza del wc, por lo menos tres veces.
Esta resaca era de campeonato, con un dolor de cabeza lacerante, y un sabor amargo en la boca producido por los continuos vómitos.
Estuve mucho tiempo arremolinado en mi cama, intentado recordar lo pasado o vivido aquel viernes. Además de recordarme a mí mismo que me llevaría una buena temporada sin probar el alcohol, saqué en claro que había sido un autentico fracaso.
Comencé a acordarme de todo; de la ofuscación que me acompañó toda la noche, de la insistencia de los colegas en coger la cogorza que finalmente cogimos, de mis intentos por descubrir los verdaderos nombres de los susodichos “Rafita” y “Pollo” pues sus motes me sonaban absolutamente ridículos, y sobre todo, de la monumental pelea que provocaron y que colmó el vaso de mi paciencia.
Aquel chico que me quiso invitar, - si, el gay- me acompañó a la salida después del revuelo, decía que estaba asustado por la pelea. Aunque la verdad es que creo que quería seguir su ataque furibundo.
No le di mucha más opción, pues estaba tan cabreado que sin decir ni “mu” corrí hasta un taxi, y su conductor, aunque un poco sobresaltado por mi irrupción, aceptó llevarme hasta mi casa.
Debía levantarme, tenía por delante todo un domingo, de resaca, pero domingo al fin y al cabo. De modo que me puse en pié, y dándome un par de “rasquiñones” en semejante sitio, me dirigí al cuarto de baño a terminar de dar rienda suelta a las válvulas de escape de mis maltrechas tripas, y de paso, darme una buena ducha.
No hay nada más reparador que el agua caliente cayendo sobre la cabeza, provocando chispazos de energía, disipando poco a poco el dolor que tenía justo debajo de la nuca, aunque no del todo.
De pronto, una serie de rugidos me recordó que mis tripas estaban vacías del todo, y ante tal airada protesta, debía hacer algo al respecto lo más pronto posible.
Decidí que un buen desayuno me vendría muy bien. Así que con el pelo aun mojado y sin saber a ciencia cierta adonde ir, bajé las escaleras, como los ratones del flautista de Hamelin, al aroma de un buen café.
Como si fuera el instinto el que me guiara, mis pasos siguieron solos aunque precisos, el camino hacia el parque. No tenía el cuerpo yo como para muchas carreras, pero recordé que allí había una cafetería, famosa por cierto por los churros que servían los domingos.
Eché un vistazo al reloj al tiempo que tomaba asiento en una mesa que situada frente a una ventana que me permitía ver una especie de plaza con asientos que constituía el centro mismo del parque. Las diez de la mañana marcaban sus números digitales. Lo peor de las resacas que he padecido, siempre ha sido que al primer desvelo, mi cuerpo queda ya preso del dolor de cabeza y del malestar, y no puedo dormir.
Había algunos valientes que habían optado por sentarse en el exterior llevados sin duda por la aparición esa mañana de un esplendido sol, que con esfuerzo lograba apartar los enormes nubarrones que pasaban de un lado a otro con inusitada velocidad. No obstante, yo siempre fui muy friolero, por lo que de ninguna manera concebía en pleno diciembre ya, sentarme fuera. Solo pensarlo, podría provocarme un resfriado.
Pensé, que quizás debía haber pedido café por eso de la resaca, pero el chocolate con leche que humeante y espeso me sirvieron con un plato de churros, se convirtió para mí en un elixir de los Dioses, que me dio fuerza y vitalidad, alejando definitivamente la resaca que me había atenazado hasta el momento.
Había bastante ambiente en el parque, el día estaba bueno y eso contribuía. Compañeros de carreras pasaban raudos en intermitente procesión, con sus mp3 y en sus caras gestos de cansancio inexpresivo. Varios chiquillos correteaban jugando y vociferando sus infantiles y casi ininteligibles diálogos, una pareja caminaba brazos al hombro y a la cintura. Tranquilos, charlando y sonriendo, como si el movimiento del resto del parque no fuera con ellos.
Vivísimas imágenes que me llevaron al recuerdo de un chico de veinte años que sentado en el mismo banco que veía a unos diez metros, esperaba nervioso y preocupado a que llegara una chica. Asegurándose una y otra vez de que nadie se acerca al ramo de flores que perfectamente camuflado ha colocado detrás de una pequeña vaya de madera verde, que separa el camino de la zona ajardinada y que ya no existe.
Su cara se ilumina al verla caminar hacia él, Es un bello día de primavera, con un sol radiante que llena todo de luz, pero que parece languidecer cuando llega y con un beso largo, profundo y apasionado lo saluda. Ellos también se fueron abrazados, regalándose caricias, y felices por la tontería de un simple ramo de flores.
Tampoco hacía mucho tiempo de eso, pero parecía haber pasado una eternidad. Mis dedos trataban de quitar una legaña de mi ojo derecho, cuando se sorprendieron por unas lágrimas furtivas que se escapaban lentas y traicioneras. No debían estar ahí.
Pero que podía yo hacer cuando un simple domingo se convertía en una cárcel de soledad, cuando los recuerdos se convertían en fantasmas burlones que venían y se iban, inmaculados, impertérritos, pero que dejaban en mí un poso de inhumana tristeza. Odio la soledad.
Salí de la cafetería y me dirigí a uno de los bancos aunque no me senté. Me propuse en cambio buscar una solución. Podía ir al cine, no. Una buena comida con merienda de café, whiskys y ver el partido de futbol, no. Visita a mis padres, que hacía tiempo que no los veía, ni de coña, todavía me dolía que me acusaran de ser el causante de que lo hubiéramos dejado.
Todo lo que venía a mi mente parecía incluir a alguna persona como compañía. No encontraba solución. Miré a un lado y a otro buscando algún participe para mis inquietudes, pero no lo vi.
Solo advertí como todo el movimiento del parque comenzaba a desaparecer de mi vista, el sol perdía su batalla con los nubarrones, que menos raudos y con muchos refuerzos, habían conseguido flanquearlo y finalmente derrotarlo. Gruesos goterones caían vagos, definitivos. Como el guión de ese domingo, que pasaría como tantos otros, metido en mi casa, probablemente viendo alguna película.